domingo, 2 de agosto de 2009

PERIPLANETA AMERICANIS

A pesar de ser la especie superior en este planeta del sistema solar de este extenso universo, muchos de nosotros - seres mortales y por lo tanto limitados - sufrimos fobias, padecemos aversiones, temores que mantenemos en secreto porque nos ridiculizan o nos apenan, snif...


Traumas, que nos instan a replantear estrategias:
Si no puedes con tu enemigo... convive con el!!
Peroooo....... Mejor NO!

Aqui un cuento del Dr. Eduardo Baleani, EL sociólogo de HDN.

Disfrutemos....


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Superioridad

Tric. El sonido rígido y húmedo del caparazón quebrado resonó bajo su pie.
Gustavo Rey gozaba aniquilar cucarachas. Disfrutaba también matando otros insectos, pero su predilección por aplastarlas nacía de una lectura temprana donde se había enterado que estos animaluchos eran considerados una cumbre en los modelos de adaptación, que habían antecedido al hombre desde hacía trescientos cincuenta millones de años y muy probablemente lo sucederían.
Se habían encontrado ejemplares vivos después de Hiroshima y agasaki, adaptados a un nivel de radiación
imposible para los humanos
- Esta no- murmuró para sí con satisfacción mientras limpiaba en el suelo los
despojos de la que acababa de aplastar.
- Esta tampoco me ha de sobrevivir, y hasta donde yo alcance, habrá muchas menos con futuro-
Usaba para la ceremonia letal unos zapatos gastados con suela de cuero que, precisamente por la delgadez de la misma le permitían graduar la presión sobre el bicho y disfrutar mejor del acto de aplastarlas, sintiendo bajo el pie el quebrantamiento de sus exoesqueletos. Así las condenaba a muerte, o a sufrimiento y muerte.
Con cada tric, con cada trac, se vanagloriaba por desmentir con cada defunción la superioridad de las mismas sobre el hombre.

Descubrió con su haz de luz en un rincón del sótano una hembra rojiza con señales de preñez cargando su ooteca.
Gorda pero ágil, intentó evitarlo corriendo junto a la pared.
Trac. La cucaracha quedó convertida en una mancha oscura pegada en su suela y una sombra casi líquida en las baldosas.
- Sin dudas una “periplaneta americanis”- reconoció entre los restos de quitina adherido a su zapato.
- Y además con muchas larvas... este ha sido un pisotón con punto Bonus - se dijo.
Gustavo sonrió. Por esa noche había tenido suficiente. Había cumplido con la idea de demostrar la superioridad humana.
Decidió tomar un último café e irse a dormir. Subió la escalera y cerró la puerta enrejada que conectaba el sótano con la cocina. Dejó la linterna en un estante y no miró para atrás.

Desde los rincones polvorientos, desde la rejilla húmeda del desagüe, desde las grietas de las maderas del zócalo fueron surgiendo y agrupándose cientos de cucarachas. Hasta ese momento la oscuridad protectora les habían permitido seguir todos sus movimientos sin ser notadas. Sus antenas vibraban con gran intensidad.

Ya en su cama leyó un rato. Descubrió en un artículo de la revista que tenía en sus manos, que en portugués a las cucarachas las llamaban “baratas”. Le causó mucha gracia.
- ¡Baratas! -exclamó- ¡qué nombre tan apropiado! –
- Desde hoy las voy a llamar así.-
Alegre por haber hallado un nombre que se ajustaba a su aversión por las cucarachas, Gustavo Rey extendió la mano y apagó la luz del velador.

Aunque uno se halle despierto y muy atento es imposible oír el caminar de las cucarachas. Sus pequeñas patitas espinosas apenas rozan el suelo. Se las puede ver, ¡jamás oír!
Una a una, por cientos, fueron trepando los escalones que separaban el sótano de la cocina. Una vez arriba, en un solo grupo, se encaminaron incontenibles y decididas al dormitorio de Gustavo.
Rodearon la cama como una mancha más oscura que la noche. Giraron hasta encontrar una punta del edredón que tocaba el suelo. Desde allí subieron.
En principio se reunieron sobre su cuerpo y, simultáneamente avanzaron hasta cubrir su rostro.
El cosquilleo de las agudas patas despertó sobresaltado a Gustavo Rey. El frío de los vientres de las cucarachas que paseaban por su cara, se introducían en las orejas, la nariz, bajaban por su cuello hacia su pecho, rascaban sus ojos abiertos al creciente espanto, lo obligó a gritar.
El alarido quedó trunco. Un torrente de cucarachas se precipitó al interior de su garganta.
Con un espasmo de terror y asco se arqueó, intentó desesperadamente sacárselas de encima, pero fue inútil. Sintió el ahogo del frío y la viscosidad de sus negros cuerpos en el fondo de la garganta. Vomitó, pero no alcanzó para despegarlas de su lengua, su úvula, su paladar. Se atragantó, tosió, y con una convulsión de indecible asco quedó muerto.

Las cucarachas se retiraron por el mismo rincón de la cama por donde habían subido. Las últimas, demoradas en la prolija limpieza de las sábanas y el gaznate de Gustavo Rey.
No quedó ni un fragmento de alas o patitas quebradas en el ominoso raid.
Una hora después sólo su cadáver yacía en la habitación. Todo estaba quieto. La luz de los faroles de la calle penetrando por la ventana iluminaba su rostro crispado y descompuesto por el horror, el espanto.
Las cucarachas regresaron como llegaron, ordenadas y en silencio, a su mundo lóbrego y privado, sus laberintos de humedad y vaho recorridos por siglos.

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Gracias Dr. Baleani!!
earbace@yahoo.com.ar